Socrates sostenía que, para poder conocer, es necesario primero aceptar que no se sabe. El que cree que sabe no tiene deseos de saber. Por eso, la primera sabiduría es el reconocimiento de la propia ignorancia. Él mismo se autodenominaba un ignorante, pero estaba orgulloso de su ignorancia porque, según él, era una “ignorancia sabia“. En efecto, Socrates afirmaba que existen dos tipos de ignorancia :

  1. La ignorancia sabia
  2. La ignorancia necia

La ignorancia sabia es la ignorancia consciente: implica saber que no se sabe. La ignorancia necia, por su parte, es la que se ignora a sí misma: no se sabe, pero se cree saber. Todos los hombres somos ignorantes pues, frente a lo que nos falta saber, lo que ya sabemos es ínfimo. Socrates se había propuesto una tarea en su vida: lograr que sus ciudadanos reconocieran su ignorancia y que se abriera así la posibilidad de conocer.

Para ello, todos los días dialogaba con los sabios de Atenas y con los sabios que llegaban de otras partes de Grecia. Les preguntaba: “¿Qué es la virtud?, ¿Qué es la justicia?, ¿Que es la verdad?, ¿Que es la belleza?, ¿Qué es el amor?

Solo sé que no sé nada …

Los sabios respondían con mucha seguridad sobre todos estos temas, pero Socrates no se conformaba con sus respuestas y seguía preguntando. Con esta serie de preguntas mostraba a su interlocutor las contradicciones y los errores de sus argumentos.

Hasta que éstos, vencidos reconocían ignorar la respuesta correcta. ¿Les daba Sócrates la respuesta? No, porque él tampoco la tenía.Él simplemente les demostraba a sus conciudadanos y a los extranjeros ilustres que visitaban Atenas, que sus opiniones se basaban en la costumbre y no en la razón y que eran incapaces de defender con argumentos correctos lo que consideraban bueno, justo o verdadero.

Cuando Socrates tenía setenta años, fue acusado ante los tribunales de Atenas de “no creer en los dioses de la ciudad e introducir nuevas divinidades y corromper a los jóvenes”. Esta acusación fue presentada por tres ciudadano atenienses: Anito, Licón y Mileto. El cargo de no creer en los dioses y de introducir nuevas divinidades no tenía fundamento, pues Socrates nunca se mostró contrario a las creencias religiosas de su tiempo. Pero era una grave acusación que podía justificar la condena de muerte.

El cargo de corromper a los jóvenes significaba acusar a Socrates de apartar a los jóvenes del saber tradicional, de hacerlos dudar sobre la moral impartida por sus padres y desviarlos del camino correcto (se debe tener en cuenta que estos jóvenes ricos estaban destinados a ser los dirigentes políticos de la ciudad).

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Socrates en las plazas de Atenas con los jóvenes

 

 

 

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